El ministro de Economía Pedro Francke ha planteado una reforma tributaria que prioriza recaudar más de los contribuyentes ya insertos en el sistema, mientras la economía informal supera el 80% de la actividad productiva nacional. Este enfoque ignora una pregunta fundamental que los emprendedores peruanos se hacen cada día: ¿vale la pena crecer si el sistema te penaliza por hacerlo?
La respuesta que el sistema tributario actual da a esa pregunta es, en muchos casos, negativa. Y esa es la raíz de un problema que ninguna reforma recaudatoria puede resolver sin antes cambiar la lógica de incentivos que rige a las micro y pequeñas empresas peruanas.
El modelo que desincentiva el crecimiento
El sistema tributario peruano para mypes está articulado en torno a regímenes escalonados: el Régimen Único Simplificado (RUS), el Régimen Especial de Renta (RER) y el Régimen MYPE Tributario (RMT). Cada régimen tiene topes de ingresos que, al superarse, obligan al contribuyente a migrar al siguiente nivel, con obligaciones significativamente más onerosas.
El resultado es predecible: las mypes le temen al crecimiento. Un negocio familiar que está cerca del tope de su régimen tiene incentivos concretos para no declarar la totalidad de sus ventas, para fragmentar artificialmente su operación en varias razones sociales, o simplemente para dejar de crecer. El sistema premia la estancación y castiga el éxito. La propuesta gubernamental de crear un régimen único tampoco resuelve este problema de fondo si no incorpora tasas progresivas que hagan el tránsito gradual y predecible.
La lección de México
México implementó el Régimen de Incorporación Fiscal (RIF) como mecanismo de formalización progresiva. Sus características centrales son reveladoras: declaraciones bimestrales —no mensuales— que reducen la carga administrativa, tasa cero el primer año para facilitar la transición desde la informalidad, y tasas progresivas durante diez años que aumentan gradualmente hasta alcanzar el régimen general.
El modelo mexicano reconoce que la formalización tiene un costo de adaptación para el empresario informal, y ofrece tiempo y herramientas para absorberlo. No exige el cumplimiento pleno desde el primer día; construye una rampa de acceso. El resultado ha sido la incorporación de millones de pequeños contribuyentes que antes operaban completamente fuera del sistema, ampliando la base tributaria sin aumentar la presión sobre quienes ya estaban dentro.
La lección de Colombia
Colombia ha optado por un enfoque complementario: incentivos directos para la formalización de la planilla y el uso de medios de pago electrónicos. Las empresas que incorporan trabajadores al sistema formal reciben créditos fiscales que reducen su carga tributaria neta, haciendo que la formalización laboral sea financieramente conveniente, no solo legalmente obligatoria.
Adicionalmente, el uso de datáfonos y plataformas de pago digital genera registros que el fisco puede verificar, creando un ecosistema donde la formalidad se vuelve más fácil de sostener. El contribuyente que entra al sistema no enfrenta una carga abrupta; encuentra incentivos que hacen que quedarse formal sea económicamente racional.
Una propuesta híbrida para el Perú
El Perú necesita combinar ambos enfoques. Un régimen de incorporación fiscal con declaraciones simplificadas, tasas progresivas crecientes durante un período de diez años, y obligatorio uso de comprobantes electrónicos desde el inicio, permitiría atraer a la economía informal sin asustar a quienes están considerando dar el paso.
Complementado con créditos fiscales por formalización de planilla y con incentivos para la adopción de medios de pago verificables, este modelo híbrido crearía incentivos reales de formalización. La reforma tributaria que el Perú necesita no es la que recauda más de los mismos: es la que hace que más ciudadanos quieran y puedan ser parte del sistema. Esa ampliación de la base es la única fuente sostenible de recaudación adicional.