Durante más de una década, Bolivia disfrutó de una bonanza económica alimentada por la estatización del sector hidrocarburos, en particular el gas natural, que se convirtió en el motor de su crecimiento. Pero hoy, esa prosperidad se desvanece rápidamente, revelando una crisis económica que el gobierno parece incapaz de controlar. La producción de gas, que alguna vez sostuvo las finanzas del Estado y las reservas de divisas, ha caído en picada, y con ella, la estabilidad económica de Bolivia.
Entre 2014 y 2023, la producción de gas natural disminuyó un 45%, una caída alarmante para un país que depende en gran parte de este recurso para sus exportaciones. La razón principal detrás de esta debacle es una mezcla de mala gestión pública y falta de inversión para el desarrollo del sector y exploración de nuevos yacimientos. Desde la nacionalización de los hidrocarburos en 2006, Bolivia intentó tomar el control de sus recursos, pero fracasó en atraer el capital necesario para explorar y desarrollar nuevos yacimientos. A pesar de los optimistas planes sectoriales presentados en 2008 y 2015, el país falló en gestionar estos recursos. Los campos productivos actuales se están acabando y sus rendimientos disminuyen, mientras que la actividad exploratoria ha sido insuficiente, con nuevas inversiones prácticamente ausentes.
Un optimismo gaseoso
La planificación en el sector energético boliviano se basó en proyecciones demasiado optimistas para una industria estatizada. Se asumió que la nacionalización atraería los recursos necesarios para impulsar la exploración y que esta resultaría en hallazgos significativos. Sin embargo, estas expectativas no se concretaron. A medida que los campos existentes envejecían, la capacidad productiva del país disminuyó progresivamente. El resultado fue una reducción tanto en el volumen de exportaciones como en los ingresos por divisas, debilitando la posición financiera de Bolivia.
Además, Bolivia ha tenido que renegociar sus contratos de exportación con sus principales socios, Brasil y Argentina. Mientras que el contrato con Argentina, inicialmente programado para finalizar en 2026, ha sido acortado debido a la incapacidad de Bolivia de cumplir con los volúmenes acordados, el descubrimiento del gigantesco yacimiento Vaca Muerta ha permitido a Argentina reducir su dependencia del gas boliviano. Brasil, por su parte, ha explorado otras fuentes de energía, reduciendo así su demanda de gas importado.
El impacto financiero y la falta de dólares
Esta crisis en el sector gasífero, el sector real, ha desatado una cadena de problemas económicos. La caída de los ingresos por exportaciones ha reducido la entrada de dólares al país, lo que ha presionado las reservas internacionales, que ya se encuentran en niveles críticos. En un intento por mantener el tipo de cambio estable, el Banco Central de Bolivia ha visto cómo sus reservas en divisas se han agotado peligrosamente. La escasez de dólares ha generado incertidumbre en el mercado, aumentando la demanda y creando tensiones en la economía local. Los negocios que dependen de las importaciones tienen una situación muy complicada, ya que sus costos se han disparado.
Para empeorar la situación, el gobierno boliviano ha mantenido un sistema de subsidios a los combustibles, una política que ha resultado cada vez más insostenible a medida que los ingresos por gas se evaporan y los precios internacionales de la energía suben. Sin ingresos suficientes para financiar estos subsidios, el país se encuentra atrapado entre la necesidad de recortar gastos y el miedo a un descontento social si retira este apoyo a la población.
Un modelo en declive
El problema de raíz es que Bolivia nunca diversificó su economía, dependía demasiado del gas. Durante años, el gas natural fue la gallina de los huevos de oro, pero cuando esta fuente comenzó a secarse, el país no estaba preparado para enfrentar las consecuencias. La dependencia del gas ha dejado a Bolivia vulnerable a las fluctuaciones del mercado global y a su propia falta de exploración.
La perspectiva futura no se ve bien. Si Bolivia no descubre nuevos yacimientos pronto, podría enfrentarse a la posibilidad impensable de tener que importar gas natural en el mediano plazo. Para un país que durante tanto tiempo su gobierno propuso el gas como su principal fuente de ingresos, esto sería un golpe devastador, y uno que podría empujar aún más a Bolivia hacia el abismo económico.
En última instancia, la crisis actual en Bolivia es el resultado de años de decisiones erróneas, principalmente la estatización de la industria de hidrocarburos y la falta de inversión privada. El colapso del sector gasífero ha expuesto la fragilidad de un modelo económico basado en un recurso finito administrado por el Estado; nuevamente vemos un caso donde el Estado empresario fracasa.